Despierto. El calor se me hace insoportable, tanto que hasta respirar me resulta molesto. Noto el calor del aire hasta el final, cuando llega a los pulmones, y luego otra vez hacia fuera mientras sale. El sol que entra por la ventana me está escociendo en la piel. No sé cuánto tiempo llevo así. Debe ser mediodía. El mediodía de algún día que no sé cuál es.
Intento enderezar la cabeza para mirar los asientos de al lado por ver si están a la sombra, pero me faltan las fuerzas siquiera para ese gesto. Debo tener fiebre. Otro calor dentro de mí me dice que la tengo. Otro calor además del de fuera. El cristal me quema en la sien como si estuviera incandescente. Los traqueteos me sacuden como a un saco de patatas y me hacen golpearlo. Me duele la cabeza. Debo estar enfermo.
Miro adelante por la ventana y el sol me deslumbra desde lo alto. Tan empinado es el camino. El tren avanza despacio y como a tirones. Muy despacio, como si se ahogara. Se le hace a uno que en cualquier momento se vaya a parar y vaya a empezar a caer como loco camino para atrás. Me sobresalto pensando que los raíles podrían resbalar en cualquier momento. Muy oxidados deben estar si aún se le agarran las ruedas. O tal vez no haya raíles… Despacio, despacio, el tren sigue subiendo.
Hago un esfuerzo y miro alrededor: Voy solo. Nadie viene conmigo. Trato de pensar pero es inútil, la fiebre no me deja. No sé qué tren es éste ni recuerdo por qué subí. Quizás alguien me haya dejado aquí mientras estaba inconsciente. No sé. Pensar me agota. La mente se me nubla y siento que me hundo en esta atmósfera de pesadilla. Creo que voy a caer dormido de nuevo. Las preguntas saltan en mi cabeza una y otra vez. Saltan, saltan, saltan. Saltan y rebotan otra vez contra el cristal, contra el cristal, contra el cristal…
…
Muy chulo. Me ha gustado mucho.