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Las tripas con su gruñido,

el sueño que nos bosteza,

un reloj recordándonos sumiso

la lista de las cosas por hacer,

las máquinas de la casa,

cada una con su pitido,

pidiéndonos atenciones,

llamadas,

los miembros de la familia,

cada uno desde su isla,

radiando los pormenores

de su propio tifón.

Y el alma,

con un susurro

ahogado día tras día bajo el bullicio,

espera su turno pidiendo

silencio, soledad y sol,

silencio, soledad y sol.

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Descatalogados

He estado más de dos años sin publicar nada y alguno puede pensar que me he olvidado del oficio. Aunque tengo que admitir que no le he dedicado a la literatura la mitad del tiempo que le dedicaba antes, la realidad es que he seguido escribiendo cosas de vez en cuando desde entonces hasta ahora.

El motivo de no haber subido nada de lo que he escrito, es que me estoy volviendo un maniático (maniático de “mani-atar”). He estado intentando escribir párrafos perfectos para una idea de relato de la que me enamoré hace años. Y, ni tengo muy claro cómo es un párrafo perfecto ni en la medida en que lo sé, soy capaz de escribirlo. El resultado ha sido una larga lista de borradores, tanto en papel como en digital de distintas partes de un relato repetidas y reescritas hasta la saturación.

Estoy abriendo los ojos y me doy cuenta de que este grado patológico de perfeccionismo no me deja disfrutar de la escritura como antes ni me deja avanzar en las historias que quiero contar. Buscando cómo ponerle remedio se me ha ocurrido, por lo pronto, publicar algunos de esos intentos que, sin estar mal del todo, no encajan con la línea argumental o con el tono que quiero darle a las historias para las que los he escrito.

La idea es publicarlos sin más. Sin agregarles nada que los complete. Ni introducción ni desenlace. El efecto es muy curioso y ha sido todo un descubrimiento para mi, porque todo lo que falta al fragmento se intuye o se imagina o, sencillamente, se descubre que no es necesario. Un pequeño fragmento “descatalogado” funciona a la perfección como un micro-relato.

He creado finalmente la etiqueta “Descatalogado” para identificarlos y, cuando tenga varios, poder echarles un vistazo a todos juntos.

El primero es el que acabo de publicar hace unos minutos: “Con el levante”.

Nos seguiremos viendo por aquí, aunque a veces desaparezca un par de años.
Saludos.

Con el levante

Fue suficiente abrir la puerta de la entrada y dar un paso para notar aquel olor a destilería que a menudo se traía para casa. Entré y cerré la puerta cuidando que el viento no me la arrancara de las manos. Al cerrar se quedó todo en silencio. Era el mismo olor, solo que otras veces venía siendo necesario acercarse a él para notarlo.

Lo primero que pensé es que había estado bebiendo en casa, y él nunca bebía allí porque mi madre no le dejaba traerse a los amigos a ese plan, que decía que alborotaban mucho. Y como él tampoco había sido nunca de beber sólo y por su cuenta, pues siempre bebía en el bar y se traía de fuera los vapores aquellos. Pero enseguida comprobé que además de sólo y en casa, había bebido mucho más de lo que acostumbraba, que no digo que fuera poco.

Yo nunca había visto a mi padre tan hasta arriba de alcohol como aquel día. Podría llevar toda la tarde rondándole al whisky. O tal vez todo el día. No lo sé. Yo había salido por la mañana hacia la playa y acababa de volver para la cena. Entré y lo vi hundido en el sofá del cuarto de estar, adormilado bajo la luz de la lámpara de pié que mi madre usaba para leer. Le pregunté dónde estaba mamá desde la puerta de la sala, pero ni le pude entender lo que decía. Allí se quedó sin apenas moverse, despatarrado en el sofá. Y allí siguió luego toda la noche hasta la madrugada, cuando lo oí levantarse y meterse en su cuarto a seguir durmiendo.

Aquel día volvía a soplar levante. En el pueblo casi siempre hacía levante y cuando no, que era las menos de las veces, hacía poniente. Pero siempre siempre soplaba un viento fuerte que no dejaba oír lo que pasaba alrededor. A mí, que crecí con él, me gustaba tenerlo a veces de fondo, porque me ayudaba a pensar. Era como si pudiera oír mejor mis propios pensamientos a base de no poder oír otra cosa. Allí en el pueblo la gente paseaba mucho sola, porque a menudo ir en compañía venía a ser lo mismo. Digo yo que sería por eso, o quizá porque se acostumbra uno al soliloquio y, con lo años, acaba disfrutando de su conversación.

Mis trece años de edad no conseguían entender que ella nos hubiera dejado. Mi padre tampoco debía tenerlo muy claro, porque nunca me respondió bien cuando le pregunté. A veces decía: “yo qué sé” y se volvía a sus cosas como si el tema no le importara en absoluto. Otras veces, en cambio, empezaba a responder con cosas que no respondían. Como que se fue porque le dio la gana, que ella se creía que había nacido en un cuento o porque siempre ocurre igual, porque en el fondo a nadie le importa nadie y que hemos nacido para que nos abandonen y que era mejor acostumbrarse y apretar el culo. Así me decía. Y esas veces, a menudo, se enfadaba y acababa gritando cada vez más y más, hasta que se callaba de pronto porque no aguantaba. Y aquello, verlo, era lo peor de todo.

 

De dos en dos

La última vez no he sido suficientemente paciente y he comenzado un libro sin haber terminado el anterior (y sin abandonarlo) y actualmente me encuentro por primera vez leyendo dos libros al mismo tiempo: terminando poco a poco “el Llano en Llamas” y a medias con los relatos de “Los Usurpadores” de Ayala.

Con todo y con tener en casa libros por leer, hoy he pasado por la feria del libro de mi pueblo y no me he podido resistir. Me he comprado otros dos libros. Uno es “El retrato de Dorian Gray”, un clásico y una gran laguna en mi cultura literaria. El otro es de un escritor español contemporáneo: Ramón Moix Messeguer, alias “Terenci Moix”. Se trata de “La herida de la esfinge, (capriccio romántico)”.

Tengo curiosidad por la obra del catalán desde que leí un artículo en el que hablaban de sus primeras obras (“Besaré tu cadaver” y “han matado a una rubia”. Realmente tengo más interés por sus novelas policíacas que por su obra crítica o la pasión por la cultura egipcia que dicen que vuelca en sus novelas, pero me ha atraído la descripción que el propio autor hace al principio del libro del modo en que lo escribió/reescribió. He querido conocer el resultado de ese proceso y aquí estoy, con el libro delante lleno de rumores. Ya os contaré.

Talpa

Releer “El llano en llamas” está siendo todo un placer párrafo a párrafo. Con todo hay relatos que esperaba con más ganas que otros. Los cinco primeros han sido un agradable ejercicio de paciencia hasta llegar por fin a “Talpa”. Después, “Macario” se me ha antojado como una entrañable conversación postcoital… si se me permite la expresión.

Me gusta mucho en Rulfo el contraste entre su sobriedad en el lenguaje y su absoluta falta de moderación en el contenido. Por jugar un poco a ser crítico comentaré que “Talpa”, por el final, pirede un poco esa sobriedad. El penúltimo párrafo, concretamente, es una lista de frases largas que enlazan una metáfora detrás de otra y que despistan la atención de la idea con la que empieza: “Quizá hasta empecemos a tenernos miedo uno al otro. Esa cosa de no decirnos nada desde que salimos de Talpa tal vez quiera decir eso”. Aunque, por su puesto, si Rulfo lo escribió así, será porque era lo más conveniente. Es el relato que más esperaba y ha sido un gustazo, toda una lección, volver a leerlo.

Cambiando de tema, hace dos semanas que tengo escrita la siguiente entrada de “El regreso”, pero me dio por cambiar un párrafo y ahora estoy con que ni el uno ni el otro, y quiero dejar pasar unos días para ver la impresión que me llevo al leer hasta ese punto y escribir el párrafo que falta desde cero sin que me condicionen las versiones anteriores. Lo subiré pronto. Deseadme suerte.

Empecé a leer el libro en España y lo terminé en Alemania. Por medio estuve investigando sobre Juan Rulfo y me enteré de su asombrosa y poco común trayectoria literaria. Los comentarios sobre sus libros que había oído a Borges y Juan Luís Panero terminaron de completar la buena predisposición con la que empecé el libro y como broche de oro, fuí a parar en Alemania en una residencia con un compañero de piso al que le encantaba la litaratura y beber vino por las noches (que es la cosa más parecida que existe a la literatura :)) y pude tener con él muchas conversaciones sobre libros y autores. Ésto creaba un ambiente perfecto para la expectación que me hizo disfrutar muchísimo la obra del mejicano.

Debo admitir que sin esta predisposición de la que hablo, puede que no hubiera termidado yo tan entusiasmado. Puede que no hubiera prestado tanta atención a la originalidad de aquella forma de escribir. Confieso que algunos de los relatos se me hicieron tediosos y los continué sólo por reverencia a la persona de Juan Rulfo. Sin embargo, otros, al igual que pasó con el comienzo de Pedro Páramo (del que seguía sin haber leído aún más que unas páginas hacía cosa ya de un año), otros, digo, se me quedaron en la memoria y, desde entonces, cada vez que los recuerdo tengo ganas de volver a leerlos. Recuerdo “Nos han dado la tierra”, “Talpa”, “Macario” y “Luvina” (sobre todo Talpa y Luvina) entre esa lista de preferidos. Ah! y también “El día del Derrumbe” y “Anacleto Morones”, aunque de éstos no recordaba el nombre.

Mi decisión (y dejo ya de aburriros con mis impresiones sobre su lectura) fue que aquel libro debía ser leído por mucha gente. Que merecía ser más conocido. Y como lo había recibido gratis, gratis lo dí. Decidí convertirlo en un libro viajero: Me salté mi norma de no escribir nunca en un libro, escribí en su primera página una maldición para aquel que no regalara aquel ejemplar antes o después de leerlo, puse en la última página el nombre de la alemana que me lo había regalado (Pascale) y el mío propio (Javier) y se lo regalé a aquel compañero de piso del que os he hablado (Gabriel) que, por cierto, es colombiano y le gusta que le digan “Gabo” :).

Fue un acto de generosidad suprema deshacerme por el bien de la humanidad del que en ese momento era mi libro favorito (lo que indica que yo no estaba en mis cabales). Por supuesto, decidí que algún día me compraría un ejemplar para mí y que lo volvería a leer. Pues bien, aunque esta anécdota ya la había contado en este blog, fue hace casi dos años y de forma muy resumida. Aquella vez fue con ocasión de que me acababan de regalar por fin “Pedro Páramo” y me quedé con ganas de contarla con más detalle, como se cuentan las cosas que significan mucho para uno. Esta vez ha sido con ocasión de que por fin, después de más de tres años desde que regalé el libro al colombiano me he comprado mi propio ejemplar de “El llano en llamas” y me lo pienso releer como me prometí y con mucho mucho gusto.

Ha sido en Sevilla, en la misma librería en la que comencé a leer “Pedro Páramo” por primera vez, porque sabía que allí lo tenían de la editorial “Cátedra”. Igual que el que regalé.

Creo que hago mal con estas entradas tan largas llenas de detalles que sólo me interesan a mí, pero mi blog es un blog y no una enciclopedia o, mejor dicho: tenía que hacer esta excepción, no he podido evitarlo. Por lo demás, pienso comenzar pronto otro relato que hace mucho que se me ocurrió (quise terminar antes “Cartas a Sofía” al que, por cierto, he rebautizado con el nombre de “martinete”) e iré dispersando por medio entradas cortas con detalles y opiniones sobre algunos de los relatos de Juan Rulfo que me muero por compartir. Todo, como viene siendo habitual en Avicena13, muy poquito a poco.

Hasta pronto…

“1953 México D. F. Se publica en el Fondo de Cultura Económica El Llano en llamas. La tirada es de sólo 2000 ejemplares y el éxito no es espectacular. Pero el libro llama la atención entre los asombrados conocedores. Su autor, el jalisciense Juan Rulfo, tiene treinta y cinco años, vive desde hace mucho en el distrito federal, ha publicado poco, alguno que otro cuento, y subsiste con un sueldo de empleado. Sólo le conocen unos cuantos -y fieles- amigos; pero su círculo, como el de tantos otros, empezará también a ampliarse. Dos años después, la novela Pedro Páramo (4.000 ejemplares en la primera edición) le catapultará a la fama y empezarán a reimprimirse ediciones de El Llano en llamas: 1955, 1959, 1961, 1964, 1965, 1967, 1969, 1970, 1971, … hasta nuestros días. …”

La primera vez que oí hablar de Juan Rulfo fue en mi primer año de univesirdad, a través de un antiguo profesor del colegio que me recomendó una lista de libros de escritores sudamericanos. En la lista estaba “Pedro Páramo” de Juan Rulfo y, a pesar de que no hice por conseguir el libro (me centré en “El Aleph”, que también estaba en la lista), el nombre del libro se me quedó grabado. Aunque realmente debería decir “mal grabado”, porque olvidé pronto quién de los dos era el escritor y quién el personaje. La primera vez que busqué el libro en una librería, pregunté por “Juan Rulfo de Pedro Páramo”. Y aguanté la merecida sonrisilla del librero mientras me decía que “creía” que era al revés.

Más tarde, dada mi poca afición de entonces por comprar libros (pagarlos era lo que me molestaba), comencé a leerlo en la propia librería. Me bastó con leer una vez la primera frase del libro para que se me quedara grabada durante varios años más. “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”. Es perfecta: sobria, directa, sin excusas ni presentaciones. “Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera”. En unas pocas frases presenta toda la situación con una voz tan sincera y confidencial, que parece estar oyéndose realmente al personaje. Creo que es precisamente ese tono de voz el que hace que se le hagan a uno cercanas las sobrias muestras de afectividad que tiene el texto: “Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. ‘No dejes de ir a visitarlo -me recomendó.” Después, un par de recursos que me sorprendieron: “Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte.” …  “y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después de que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.” y por si aún quedaba algo de mí que no estuviera entusiasmado, la última frase de la primera parte (la primera página), redundante como en la literatura hablada, recoge todo lo dicho para volver a la idea de la primera frase, como si toda la introducción no existiese, como si realmente su única intención hubiera sido la primera frase. “Por eso vine a Comala”.

Y ya me he puesto hablar de Pedro Páramo cuando mi intención era hablar de El Llano en llamas. Entre mis amigos cercanos y colegas de universidad ninguno conoce (y menos aún ha leído) ninguno de los libros de Rulfo (a excepción de Manuman, que ha estudiado humanidades). Sin embargo, los extranjeros que vienen a Sevilla a estudiar Filología Hispánica leen El Llano en llamas por prescripción magistral y fue una alemana la que me tuvo que dar a conocer el que quizás sea el mejor libro de relatos del siglo XX escrito en mi propia lengua (palabras de Juan Luis Panero). Ella ya lo había leído, así que me lo regaló. -¡Hombre, de Juan Rulfo, precisamente!

Como de costumbre, la entrada sobre un libro que me gusta, se me está haciendo más larga de lo que planeaba, así que voy a dejarla así por ahora y en la próxima entrada os cuento lo que hice con el libro y por qué hoy he querido escribir sobre él.