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Archive for 25 abril 2009

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Capítulo 2

Querida Sofía,

qué alegría recibir tu última carta. Espero que lo pases bien en ese campamento de verano que dices. Si al final consigues montar a caballo por la playa quiero que me envíes una foto. Por cierto, que la única foto tuya que tengo es la que me enviaste el año pasado ¡y me dijiste que era de hace 5 años!. Así que, pensándolo mejor, quiero que me envíes una nueva en cualquier caso. De los 8 a los 13 se cambia mucho, así que no tengo ni idea de cómo eres ahora.

Por cierto, no se me ha olvidado: ¡Muchas felicidades! ¿Te han hecho alguna fiesta los Gaudía?,¿Ha habido tarta?, bueno, no te voy a preguntar si te han regalado algo, todo lo que tienes es un regalo de ellos. Ya lo sabes.

Cambiando de tema. Sí que conozco a Lacave, no sabía que ya se había hecho famoso allí en Chile. Aunque cuando yo lo conocí no llevaba esas bufandas blancas y esos gorros que lleva ahora. Ya hace tiempo que no lo veo. Definitivamente ha dejado lo que aquí llamamos “la Tertulia”. La Tertulia no es más que este grupo de parisinos del que te he hablado. Los que nos reunimos por las noches en en las callejas del barrio antiguo. Parece que siempre que alguno empieza a ser conocido en la ciudad termina por dejarnos. En el caso de Lacave, sabemos que le han hecho cambiar sus mensajes y su forma de escribir para poder vender más. Lo han hecho comercial y debe sentirse avergonzado por eso.

No leas a Lacave, ya no merece la pena. Antes escribía historias tristes, deprimentes y largísimas cargadas de detalles y de psicología. Y créeme, cada palabra pesaba como el plomo y brillaba como el ascua de las fogatas que encendemos. Cada frase tenía melodía y llenaba las cosas de sentido quitando de delante de nuestros ojos el velo de la rutina. De verdad conseguía que sintieras que aquella era tu propia historia. Todos nos deprimíamos con él y nadie trataba de alegrar el ambiente de forma artificial dando un punto de vista positivo o sacándose un final feliz de la chistera. Él terminaba y todos estábamos hundidos, alguno hasta lloroso y nos quedábamos un largo rato en silencio. Casi todos mirando al fuego, serios, casi enfadados con el mundo. Alguno sólo negaba con la cabeza o tiraba un palo al fuego con fuerza, como protestando.

Solía leer un pequeño capítulo cada vez. No más. Esa era la dosis adecuada. Luego el silencio duraba hasta que Luis, sin avisar, empezaba a leer el diálogo de alguna de sus comedias de teatro. Los diálogos de Luis nos llenan siempre de euforia. Nos reímos tanto que varias veces hemos tenido problemas con la policía porque los vecinos se quejaban. Cuando Luis empezaba nos animábamos y volvíamos a llenar los vasos con vino de naranja. Normalmente los vasos permanecían intactos durante los relatos de Lacave. Ésa era la forma en que nos reponíamos de sus historias tristes. ésa, pero no cambiando su relato.

Los relatos de Lacave eran perfectos y ahora le hacen retocarlos. Le hacen quitarles descripción, hacer la historia más dinámica, el final más esperanzador… Todo para que la gente pueda leer el libro del tirón en cuatro días y termine con “buena sensación”. Sus libros eran obras de arte y ahora son droga para “sentirse bien”. A veces pienso que si legalizaran alguna droga más no necesitarían manipular tanto la literatura.. o la música.. o el cine!.

En fin, perdóname. Me enfado con estos temas y empiezo a desvariar…

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Aquella visita era para invitar a mis padres a ir esa tarde a tomar café a “El Campito”. “El Campito” era un bar-restaurante a las afueras con un gran jardín con columpios y un pequeño prado al lado. Allí solíamos ir las dos familias juntas algunos fines de semana cuando el tiempo era bueno. Mientras nuestros padres hablaban tomando café en la terraza, Pedro María y yo nos íbamos al prado a jugar con Tor (su perro) a “busca, busca”.

“Busca, busca” era un juego de detectives que consistía en lo siguiente: Uno de los dos tenía que entretener a Tor jugando con un palo, una pelota de tenis o con lo que fuera. Mientras tanto el otro se alejaba y, quitándose los calcetines, escondía uno en cualquier rincón del prado. Luego volvía dando un rodeo para que Tor no tuviera claro en qué dirección podía estar el calcetín. Entonces, diciéndole “busca, busca”, se le daba a oler el segundo calcetín. Los dos cronometrábamos cuánto tardaba el perro en encontrarlo. Cuanto más tardaba Tor, mejor escondido decíamos que estaba el calcetín y el que mejor lo escondiera ganaba.

Un truquito que yo solía hacer era quitarme los zapatos y mover los dedillos de los pies para confundir a Tor y que viniera hacia mí alargando así el tiempo de búsqueda. Después, cuando le tocaba a Pedro María volvía a ponérmelos. Esa era la ventaja de que siempre usáramos mis calcetines. Pedro María decía que era para repartir, porque él ya ponía el perro, pero en realidad no quería usar sus calcetines porque al final del día acababan empapados en babas y era incomodísimo, tanto volver a ponérselos como llevarlos en el bolsillo. A mí, en cambio, no me importaba tanto, porque a la la vuelta solía quedarme dormido en el coche y no lo notaba.

Aquella tarde, mientras jugábamos a “busca, busca”, a mí se me ocurrió una pequeña variación para darle algo de novedad al juego: …

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Aquella historia, el rumor que recorrió el pueblo, la riña de mi madre, etc… tuvieron mucho que ver tanto con el tipo de libros que me venía merendando desde hacía unos meses, como con el hecho de que hacía tiempo que mis padres me habían prohibido leer excepto los sábados y domingos. Así que explicaré primero brevemente por qué decidieron mis padres restringirme la lectura de ese modo y enseguida vamos con la historia.

Ocurrió un día de marzo cuando yo tenía cuatro años. Nuestros vecinos, Pedro y Anita, eran muy amigos de mis padres y tenían un hijo, Pedro María, que intentaba siempre en vano que yo le dijera “Pedro” a secas. Pedro María tenía a su vez un perro, Tor, tan alto como yo y que me lamía la cara y las manos cada vez que me veía, haciéndome muuuuchas cosquillas y gracias al cual me hice yo amigo de Pedro María.

Yo no conocía a los padres de Pedro María por “Pedro y Anita”. Yo tenía cuatro años y, si alguna vez tenía la necesidad de nombrarlos, sencillamente decía: “Los padres de Pedro María”. Sin embargo, en su buzón había un cartel que decía: “Matrimonio Fuertes Robles” y, dada mi precocidad lectora, yo llevaba ya unos dos años leyéndolo día tras día al entrar y salir de casa. Así que, aquel día de Mayo en que llamaron a la puerta y fui yo a abrirles, sintiéndome de pronto como el mayordomo de “El Conde de Montecristo”, no dudé en “anunciarlos” erguido como un soldado diciendo: “mamá, el matrimonio Fuertes Robles está en la puerta”.

Aquella pedantería infantil hizo partirse de risa al matrimonio Fuertes Robles y mi madre se rió con ellos sin darle mayor importancia. Pero la cosa aquel día no quedó ahí.

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Como le gusta decir a mi familia en las sobremesas cuando tenemos invitados, y no sin cierto cachondeíto, yo fui niño prodigio dos veces. Y aunque pueda sonar redundante, me veo obligado a decirlo del siguiente modo: “Fui niño prodigio, cuando era niño”. Y es que hay quienes al oír las palabras “niño prodigio” se quedan tan deslumbrados por la segunda que no perciben la primera en absoluto.

Hay quienes piensan que un niño prodigio es necesariamente un ser extraño y casi-autista destinado a ser catedrático de matemáticas en la Universidad “John Nash” con diez años, premio Nobel de lo incomprensible con dieciocho, Salvador Dalí segunda parte hasta los veinticinco y lisiado en silla de ruedas hasta los treinta y cinco porque resulta que su cerebro absorbe todos los recursos de su cuerpo hasta pararle un día el corazón o hasta que su incapacidad le hace sentirse moralmente obligado a pedir la eutanasia.

Pues no. No necesariamente.

Al final resulta que los niños prodigio aprenden, por ejemplo, a multiplicar dos años antes que el resto y cuando el resto aprende por fin a multiplicar, todos vuelven a ser iguales, salvo que los ex-prodigio no saben jugar al fútbol. De mayores terminan escribiendo un blog para completar su vida social, y la silla a la que se ven atados no tiene ruedas.

De las dos veces que yo fui niño prodigio, la primera consistió en que aprendí a leer y a escribir por mi cuenta a los dos años de edad. Cosa que fue llamativa durante 2 o 3 años. La segunda, que es la verdaderamente interesante, duró entre 2 y 3 días, que es el tiempo que tarda un rumor en dar la vuelta al pueblo, llegar a ti en forma de petición de explicaciones , decidirte a contar lo que ocurrió y que tu historia vuelva a dar la vuelta al pueblo.

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Ocurrió el martes de la semana pasada, cuando salía hacia el trabajo. Hacía buen tiempo, cosa que tal vez intervino en mi buen ánimo y en mi predisposición para atender a las reclamaciones de los que me iba cruzando. Bajaba mi calle hacia la parada del metro y en mi misma acera he visto un hombre que caminaba de frente hacia mí muy tranquilamente y a una señora que lo seguía corriendo y gritándole cosas que no pude oir bien.

Estaba ya pensando si decirle al caballero: “Disculpe, creo que su mujer lo llama”. Pero ella lo ha alcanzado un poco antes de que él llegara hasta mí. He visto con asombro cómo ella lo agarraba por la solapa y empezaba a gritarle. Entonces he empezado a comprender que, quizás, no eran precisamente familiares.

Pensaba “¡Caramba, qué genio gasta aquí la gente!”. Entonces pasé por fin por al lado de ellos y pude oír mejor a la señora. Soltaba frases como: “Que lo he visto, que me devuelva el dinero ya o llamo a la policía”. Todavía he caminado unos pasos dándole vueltas a la frase de la señora (mi candidez y buen ánimo no me han dejado comprenderlo antes) y a los cuatro pasos me he parado en seco y me dado la vuelta hacia ellos al comprender por fin que el hombre le acababa de robar.

Al ver que yo me acercaba, la señora me ha dicho “¿Tiene usted un móvil para llamar a la policía?”. He sacado el móvil y la senhora, sin soltarle al otro la solapa me ha explicado que el hombre le había agarrado la cartera (que ella aún conservaba) y con noséqué artimaña le había sacado nosecuánto.

Yo he mirado al hombre a ver qué decía él. (Tenía mis dudas sobre si la vieja habría perdido el dinero ella solita o algo así, pero sobre todo tenía la batería del móvil vacía). El hombre, por su parte no ha dicho nada. Tan sólo ha puesto cara de asombro como diciendo “¡pero cómo a mí, mira qué sorprendido estoy!”. Y entonces sí que me ha quedado claro (¡cachis!) que la señora decía la verdad.

Así que no me quedaba otra. Amenazando con mi móvil, que estaba más apagado que una cerilla de corcho en un concierto de Nana Mouskouri, le he dicho con un gesto a lo “Maikel Nait”: “No necesitamos problemas, amigo, devuélvale el dinero y puede irse”.

A la segunda vez que se lo he dicho, cuando ya estaba yo dudando si me vería obligado a simular una llamada a una hipotética policía con una batería hipotética o si bien debería salir corriendo dejando a la vieja con dos palmos de narices, el hombre se ha acercado a un coche (muy a duras penas, pues iba en todo momento apencando con la señora, que menuda era, y que no lo soltaba de la solapa ni aunque el otro diera volteretas con tirabuzón). Se ha acercado a un coche, digo, y ha sacado de debajo dos bellísimos billetitos arrugados de cincuenta euros eruropeos cada uno.

El muy tunante los había tirado ahí por si alguien lo registraba, pensando en volver un poquito después a recogerlos cuando el peligro hubiera pasado. Le debe haber chafado el plan el hecho de que que yo no quisiera registrarlo antes de llamar a la poli. jeje.

Bueno, la cosa es que al final se los ha devuelto y se ha largado echando humos a paso ligero. La mujer estaba más contenta que un vendedor de alpiste el día de la mascota. Yo no sé si contento, pero me sentía aliviadísimo. Ligero como una ensalada de espinacas. Ya había hecho mi acción buena del día. Podría haberme vuelto a casita y acostarme otra vez… si hubiera sido un Scout. Como no lo soy, seguí camino del trabajo.

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Nada que ver con Kant y su teoría del conocimiento. Sólo quiero aclarar dos puntos sobre las categorías del blog.

En primer lugar veréis que he puesto la categoría “Cartas a Sofía” para agrupar todos los post de este relato. Iré haciendo lo mismo con todos los relatos que publique por partes. Además he decidido poner siempre un enlace al siguiente al final de cada entrada para facilitar la lectura seguida.

Por cierto, como se puede adivinar, “Cartas a Sofía” no está aún completo. Esto es sólo el primer capítulo. Serán unos cuatro capitulillos cortos en total.

En segundo lugar, voy a abrir la categoría “Cuaderno de viaje” para agrupar y diferenciar todos los relatos basados en experiencias reales. Así evito malentendidos y me ahorro las clásicas preguntas sobre si “¿es autobiográfico?”. Aunque hasta ahora está muy claro que nada de lo que he escrito puede ser autobiográfico, quiero evitar la confusión en el futuro.

En este caso me voy a saltar radicalmente el orden cronológico y voy a empezar subiendo una anécdota entretenida que viví la semana pasada. Aunque ya os anuncio que tengo unas cuantas pensadas sobre mi niñez que de verdad creo que merecen la pena.

Parece que este blog va tomando forma poco a poco. Espero que os divirtáis con él.

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… Avanza y la voz se va haciendo más clara. Los gritos resultan ser gemidos, los gemidos, lamentos y ya a pocos metros del final del pasillo, antes de girar, todo resulta ser un canto.

Un hombre canta en español algo que podría ser flamenco.

Ella no consigue entender ni una palabra, pero el canto la sobrecoge y sigue avanzando hasta la esquina. Gira y lo ve por fin de espaldas. Está sentado en la esquina de uno de los bancos a mitad del pasillo, encorvado, casi como acurrucado. Y entonces sí que tiene la impresión de poder entender la letra. La postura del hombre y su voz parecen decir lo mismo. Lo mismo que parecen decir las sucias paredes amarillas del metro, lo mismo que el estruendo de la lluvia martilleando la ciudad.

Se acerca un poco más, despacio y en silencio. Luego se detiene. No quiere interrumpir al hombre con su presencia. Lo escucha tranquila y se siente afortunada por estar allí. La tristeza de aquel hombre la envuelve y casi olvida estar en París.

Su voz se hace un fuerte quejido que tiembla y que se encoge luego lentamente haciéndose suave, casi inaudible y que vuelve a crecer de nuevo, triste otra vez, pero ahora sereno.

Con gusto se quedaría allí una hora más escuchando, pero tiene que irse. Camina. Ya casi está a su altura. Delante está la escalera y la salida del metro. Él baja la voz de nuevo y la oye pisar. De súbito gira la cabeza y la mira. Ella para en seco, su gesto se descompone al verlo y suelta un grito. Como una maldita sorpresa la mira de pronto una cara quemada, sin nariz, sin cejas; deforme de tan quemada como está.

Se queda un instante inmóvil mirándolo con los ojos abiertos como huevos. Él se gira hacia ella. Su gesto también es de sorpresa, como si sus ojos vidriosos y pequeños hubieran cobrado vista por primera vez. Se levanta lentamente sin dejar de mirarla. Ella da un paso atrás. Él avanza dos pasos y extiende levemente los brazos hacia ella diciendo algunas frases que ella no puede entender.

La chica no aguanta más. No se atreve a pasar por al lado de él hacia la salida. Se gira y echa a correr por donde ha llegado. Corre lo más rápido que le permiten sus botas. El hombre no la sigue. La mira alejarse y se queda luego así, parado, sin reaccionar.

La lluvia sigue golpeando sin descanso.

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