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Archive for 13 mayo 2010

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Yo no sé si todas las personas han sido iguales de niños, pero Sofía y yo sí. Lo sé por cómo habla, las cosas que le gustan, las cosas que dice. Cuando le escribo sé bien la impresión que le producirán mis palabras. Disfruto escribiéndole. Le describo el mundo como ella sueña que es. Como yo lo soñaba también y sé que con eso la hago feliz.

Yo la envidio. La envidio porque cree mis cartas y porque debe estar deseando venir a París o viajar a cualquier sitio, y porque no puede dormir por los nervios pensando en el regalo que va a hacerle mañana a una amiga y porque si luego se queda dormida ya no hay quien la despierte. Sé que todo lo que le escribo es mentira y cuando lo pienso se me retuerce la boca, pero a ella no sería capaz de hablarle de ciertas cosas. A ella no podría hablarle de Marianne.

Tengo ganas de escribirle. El vino se me ha subido aún algo más, pero quiero escribirle. Le escribiré en cuanto llegue a casa aunque tenga que ser con un ojo cerrado. Le voy a hablar de París. Sí, le voy a contar las noches de París tal y como yo las imaginaba antes de venir. Oh, sí. Le voy a describir el mayor panorama de artistas bohemios que jamás se haya reunido en la Tierra. Lo llamaré… “el club Parisino…”. O no. Algo más familiar… “La Tertulia”, sí, lo llamaré “La Tertulia”. Vas a ver, Sofía, será mi regalo de cumpleaños. Verás qué bien vas a dormir… qué bien vas a dormir…

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Se apaga la luz. “Bonne nuit” imagino que me dice. “Buenas noches, Cécile”. Todo queda oscuro como el hueco del río bajo el puente. Me acerco y miro los barrotes nuevos. Los agarro y tiro con fuerza. Sí, son sólidos. “Muy bien, Cécile. Así estarás a salvo”.

La vuelta a casa se me hace triste. Miro las paredes de los edificios con sus largas tiras de moho que caen de los alféizares y las cornisas. La lluvia les pinta esas ojeras. A pesar del chaquetón y de mi paso apretado, voy encorvado de frío y empiezo a tiritar. En las calles grandes reaparecen todas mis sombras que se alargan a mi paso delante de mí. No hay ni un alma en la calle. La presencia de los barrotes me ha entristecido. Me recuerdan a aquella otra noche, cuando aún no estaban. Me vuelvo a sentir acusado.

No hice nada malo. Probablemente fue lo más bondadoso que he hecho jamás, pero ella no lo comprendía. No me arrepiento de haberlo intentado, no… aunque sí me duele recordar sus gritos. Los gritos de Cécile al despertarse y ver mi silueta de pié a su lado. ¿Es que no vio que no pretendía … “tocarla”…? No, claro, ¿acaso iba a pararse a preguntármelo?. Recuerdo sus voces pidiendo socorro, su histeria, esa forma descontrolada y torpe de patalear en la cama para alejarse de mí. Recuerdo tratar de explicarle que no debía asustarse en absoluto. Le dije exactamente eso: “en absoluto”. Se lo repetí varias veces. Éso y que sólo había pretendido besarle la frente. No me daba cuenta de que le estaba hablando en Español “no voy a hacerte daño en absoluto, en absoluto”. No sé muy bien cuánto duró ni cuándo decidí que las explicaciones no funcionaban. Lo siguiente fue subirme a la mesa por la que había bajado y salir de nuevo asustado por la misma ventana. Estaba oscuro y creo que no pudo verme la cara.

Me siento mal por éso, por lo que le hice pasar… Y por lo que pensará de mí.

Me recuerda tanto a Sofía … Creo que a veces las confundo…

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