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Archive for 30 septiembre 2013

Descatalogados

He estado más de dos años sin publicar nada y alguno puede pensar que me he olvidado del oficio. Aunque tengo que admitir que no le he dedicado a la literatura la mitad del tiempo que le dedicaba antes, la realidad es que he seguido escribiendo cosas de vez en cuando desde entonces hasta ahora.

El motivo de no haber subido nada de lo que he escrito, es que me estoy volviendo un maniático (maniático de “mani-atar”). He estado intentando escribir párrafos perfectos para una idea de relato de la que me enamoré hace años. Y, ni tengo muy claro cómo es un párrafo perfecto ni en la medida en que lo sé, soy capaz de escribirlo. El resultado ha sido una larga lista de borradores, tanto en papel como en digital de distintas partes de un relato repetidas y reescritas hasta la saturación.

Estoy abriendo los ojos y me doy cuenta de que este grado patológico de perfeccionismo no me deja disfrutar de la escritura como antes ni me deja avanzar en las historias que quiero contar. Buscando cómo ponerle remedio se me ha ocurrido, por lo pronto, publicar algunos de esos intentos que, sin estar mal del todo, no encajan con la línea argumental o con el tono que quiero darle a las historias para las que los he escrito.

La idea es publicarlos sin más. Sin agregarles nada que los complete. Ni introducción ni desenlace. El efecto es muy curioso y ha sido todo un descubrimiento para mi, porque todo lo que falta al fragmento se intuye o se imagina o, sencillamente, se descubre que no es necesario. Un pequeño fragmento “descatalogado” funciona a la perfección como un micro-relato.

He creado finalmente la etiqueta “Descatalogado” para identificarlos y, cuando tenga varios, poder echarles un vistazo a todos juntos.

El primero es el que acabo de publicar hace unos minutos: “Con el levante”.

Nos seguiremos viendo por aquí, aunque a veces desaparezca un par de años.
Saludos.

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Con el levante

Fue suficiente abrir la puerta de la entrada y dar un paso para notar aquel olor a destilería que a menudo se traía para casa. Entré y cerré la puerta cuidando que el viento no me la arrancara de las manos. Al cerrar se quedó todo en silencio. Era el mismo olor, solo que otras veces venía siendo necesario acercarse a él para notarlo.

Lo primero que pensé es que había estado bebiendo en casa, y él nunca bebía allí porque mi madre no le dejaba traerse a los amigos a ese plan, que decía que alborotaban mucho. Y como él tampoco había sido nunca de beber sólo y por su cuenta, pues siempre bebía en el bar y se traía de fuera los vapores aquellos. Pero enseguida comprobé que además de sólo y en casa, había bebido mucho más de lo que acostumbraba, que no digo que fuera poco.

Yo nunca había visto a mi padre tan hasta arriba de alcohol como aquel día. Podría llevar toda la tarde rondándole al whisky. O tal vez todo el día. No lo sé. Yo había salido por la mañana hacia la playa y acababa de volver para la cena. Entré y lo vi hundido en el sofá del cuarto de estar, adormilado bajo la luz de la lámpara de pié que mi madre usaba para leer. Le pregunté dónde estaba mamá desde la puerta de la sala, pero ni le pude entender lo que decía. Allí se quedó sin apenas moverse, despatarrado en el sofá. Y allí siguió luego toda la noche hasta la madrugada, cuando lo oí levantarse y meterse en su cuarto a seguir durmiendo.

Aquel día volvía a soplar levante. En el pueblo casi siempre hacía levante y cuando no, que era las menos de las veces, hacía poniente. Pero siempre siempre soplaba un viento fuerte que no dejaba oír lo que pasaba alrededor. A mí, que crecí con él, me gustaba tenerlo a veces de fondo, porque me ayudaba a pensar. Era como si pudiera oír mejor mis propios pensamientos a base de no poder oír otra cosa. Allí en el pueblo la gente paseaba mucho sola, porque a menudo ir en compañía venía a ser lo mismo. Digo yo que sería por eso, o quizá porque se acostumbra uno al soliloquio y, con lo años, acaba disfrutando de su conversación.

Mis trece años de edad no conseguían entender que ella nos hubiera dejado. Mi padre tampoco debía tenerlo muy claro, porque nunca me respondió bien cuando le pregunté. A veces decía: “yo qué sé” y se volvía a sus cosas como si el tema no le importara en absoluto. Otras veces, en cambio, empezaba a responder con cosas que no respondían. Como que se fue porque le dio la gana, que ella se creía que había nacido en un cuento o porque siempre ocurre igual, porque en el fondo a nadie le importa nadie y que hemos nacido para que nos abandonen y que era mejor acostumbrarse y apretar el culo. Así me decía. Y esas veces, a menudo, se enfadaba y acababa gritando cada vez más y más, hasta que se callaba de pronto porque no aguantaba. Y aquello, verlo, era lo peor de todo.

 

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