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Archive for the ‘Cartas a Sofía’ Category

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No sé si te he contado a qué me dedicaba yo en las reuniones con La Tertulia; me dedicaba a cantar. Me gusta improvisar las letras y cantar lo que me sale del corazón en cada momento. Creo que se me da bien casarlo con la música. A los demás de la reunión les gusta oírme, aunque la mayoría no entienden lo que canto. Según dicen, imaginan lo que digo a partir de la melodía y por mi entonación y el gesto que pongo. El caso es que he estado improvisando un martinete para ti hace un rato. Ha sido a causa de la lluvia ¿sabes?, los martinetes se cantaban en las minas y en las fraguas al ritmo de los golpes del martillo y hoy, mientras espero al metro, las goteras que salen cuando llueve me han recordado ese ritmo. Hay una en concreto que está cayendo sobre una chapa y está haciendo un ruido metálico que casi parece pensado a propósito para cantar. Además, como es denoche, se oye bien el eco y, de fondo, todos los ruidos de la lluvia que está cayendo fuera.

Ahora me daría vergüenza escribirte la letra. Con todo el tema de tu viaje y mi mudanza me he puesto muy… no sé, me daría vergüenza. Pero estaba imaginando que te veía una vez antes de irme, que te aparecías aquí en París por un momento, como por arte de magia, para verte la cara y decirte adiós. Mientras cantaba lo estaba deseando con mucha fuerza y lamentando que el cante no fuera suficiente para traerte aquí… por momentos me preguntaba ¿y si resulta que aparece? y entonces, de pronto, me ha dado un vuelco el corazón y he oído pasos junto a mí, me he girado y aquí estabas. Como una aparición mirándome absorta. Tal y como te imaginaba, con tu pelo negro rizado y una cara preciosa. Tan exacta a como te imagino que por un momento he pensado que no podía ser real, que tenía que estar soñando.

Te he dicho adiós y me habría gustado darte un beso, pero como tú ya sabes, por que no has estado aquí, no eras tú la que se me ha aparecido. Yo he tardado aún un poco en comprenderlo y empecé a acercarme a ella diciéndote “Sofía, ¿de verdad eres tú?”. Fíjate en mi letra, aún me está temblando el pulso. Pero ella se ha asustado de mí y tendrías que haber visto su cara de horror con los ojos abiertos como huevos. Sólo entonces he comprendido mi error y he tratado de calmarla: “Oh, lo siento. No tienes que asustarte. No voy a hacerte daño en absoluto” exactamente eso le he dicho: “en absoluto, en absoluto”. No me daba cuenta de que le estaba hablando en Español. Al oírme parece como si se hubiera asustado más aún. Le ha dado verdadero pavor y ha salido corriendo por donde ha llegado.

Qué impresión tan grande me ha quedado. Ha sido como si tú salieras huyendo de mí. Es absurdo ¿verdad? ya lo sé; pero, con todo, qué sensación tan desgradable, qué tristeza me ha dejado… por un momento.”

FIN

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Capítulo 6

– Empiezo otra vez

“Mi querida Sofía, …”

– A ver cómo te digo esto…

“tengo que confesarte que ésta es la quinta vez que empiezo esta carta. He estado buscando la forma de darte esta noticia, pero creo que ninguna forma va a ser buena, así que voy a limitarme a contártela tal cual. Mientras te escribo tengo ya el sobre preparado y ya he decidido que no voy a poner en el remite nada más que mi nombre. No puedo porner otra cosa, Sofía, porque (más…)

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Capítulo 5

– ¿Quién es?.

– ¿madame Clet?. Soy yo, el conserje.

– Espere, … Buenos días mesie Grimard. ¿Quiere algo?

– Oh, no, nada. Sólo venía a preguntarles por… Bueno, habrán visto lo que le hicieron anoche a la conserjería.

– Oh, sí. Lo he visto esta mañana. ¡Qué canallada! ¿Le han robado algo?

– No, para nada. De hecho parece que ni siquiera han intentado entrar. Sólo han roto el cristal y se han largado.

– Bueno, menos mal, gracias a Dios. ¿Pero para qué rompen el cristal si no querían entrar? No tiene sentido. ¿Y cómo lo han roto?

– Parece que ha sido con (más…)

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Esta entrada va dedicada a Carola. Tu interés por este relato me anima mucho a seguirlo.

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cuenta todo lo que espera de ese viaje: París mezclado con esas historias que yo le he ido escribiendo. Eso y dulzuras de niña: “muchas ganas de conocerte por fin en persona”, “me habría gustado mucho vivir allí contigo”, “muchos besos. Te quiere tu sobrina: Sofía”. Y el pulso me está temblando aún (más…)

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Capítulo 4

“¡Hola tio a que no sabes que!”. Así empieza su carta. Esta noche la he abierto. Salía a la calle después de cenar algo y la he visto asomando en el buzón. El pulso se me ha acelerado al correr a cogerla. Temía que fuera otro aviso de impago del alquiler. Me queda un aviso más y luego, si no les doy lástima, llamarán a la puerta para pedirme la llave. He visto su letra en el remite y me he sentido aliviado. Me la he traído al bar para leerla aquí otra vez: “¡Hola tio a que no sabes que! (más…)

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Yo no sé si todas las personas han sido iguales de niños, pero Sofía y yo sí. Lo sé por cómo habla, las cosas que le gustan, las cosas que dice. Cuando le escribo sé bien la impresión que le producirán mis palabras. Disfruto escribiéndole. Le describo el mundo como ella sueña que es. Como yo lo soñaba también y sé que con eso la hago feliz.

Yo la envidio. La envidio porque cree mis cartas y porque debe estar deseando venir a París o viajar a cualquier sitio, y porque no puede dormir por los nervios pensando en el regalo que va a hacerle mañana a una amiga y porque si luego se queda dormida ya no hay quien la despierte. Sé que todo lo que le escribo es mentira y cuando lo pienso se me retuerce la boca, pero a ella no sería capaz de hablarle de ciertas cosas. A ella no podría hablarle de Marianne.

Tengo ganas de escribirle. El vino se me ha subido aún algo más, pero quiero escribirle. Le escribiré en cuanto llegue a casa aunque tenga que ser con un ojo cerrado. Le voy a hablar de París. Sí, le voy a contar las noches de París tal y como yo las imaginaba antes de venir. Oh, sí. Le voy a describir el mayor panorama de artistas bohemios que jamás se haya reunido en la Tierra. Lo llamaré… “el club Parisino…”. O no. Algo más familiar… “La Tertulia”, sí, lo llamaré “La Tertulia”. Vas a ver, Sofía, será mi regalo de cumpleaños. Verás qué bien vas a dormir… qué bien vas a dormir…

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Se apaga la luz. “Bonne nuit” imagino que me dice. “Buenas noches, Cécile”. Todo queda oscuro como el hueco del río bajo el puente. Me acerco y miro los barrotes nuevos. Los agarro y tiro con fuerza. Sí, son sólidos. “Muy bien, Cécile. Así estarás a salvo”.

La vuelta a casa se me hace triste. Miro las paredes de los edificios con sus largas tiras de moho que caen de los alféizares y las cornisas. La lluvia les pinta esas ojeras. A pesar del chaquetón y de mi paso apretado, voy encorvado de frío y empiezo a tiritar. En las calles grandes reaparecen todas mis sombras que se alargan a mi paso delante de mí. No hay ni un alma en la calle. La presencia de los barrotes me ha entristecido. Me recuerdan a aquella otra noche, cuando aún no estaban. Me vuelvo a sentir acusado.

No hice nada malo. Probablemente fue lo más bondadoso que he hecho jamás, pero ella no lo comprendía. No me arrepiento de haberlo intentado, no… aunque sí me duele recordar sus gritos. Los gritos de Cécile al despertarse y ver mi silueta de pié a su lado. ¿Es que no vio que no pretendía … “tocarla”…? No, claro, ¿acaso iba a pararse a preguntármelo?. Recuerdo sus voces pidiendo socorro, su histeria, esa forma descontrolada y torpe de patalear en la cama para alejarse de mí. Recuerdo tratar de explicarle que no debía asustarse en absoluto. Le dije exactamente eso: “en absoluto”. Se lo repetí varias veces. Éso y que sólo había pretendido besarle la frente. No me daba cuenta de que le estaba hablando en Español “no voy a hacerte daño en absoluto, en absoluto”. No sé muy bien cuánto duró ni cuándo decidí que las explicaciones no funcionaban. Lo siguiente fue subirme a la mesa por la que había bajado y salir de nuevo asustado por la misma ventana. Estaba oscuro y creo que no pudo verme la cara.

Me siento mal por éso, por lo que le hice pasar… Y por lo que pensará de mí.

Me recuerda tanto a Sofía … Creo que a veces las confundo…

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