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Archive for the ‘Cuaderno de viaje’ Category

Empecé a leer el libro en España y lo terminé en Alemania. Por medio estuve investigando sobre Juan Rulfo y me enteré de su asombrosa y poco común trayectoria literaria. Los comentarios sobre sus libros que había oído a Borges y Juan Luís Panero terminaron de completar la buena predisposición con la que empecé el libro y como broche de oro, fuí a parar en Alemania en una residencia con un compañero de piso al que le encantaba la litaratura y beber vino por las noches (que es la cosa más parecida que existe a la literatura :)) y pude tener con él muchas conversaciones sobre libros y autores. Ésto creaba un ambiente perfecto para la expectación que me hizo disfrutar muchísimo la obra del mejicano.

Debo admitir que sin esta predisposición de la que hablo, puede que no hubiera termidado yo tan entusiasmado. Puede que no hubiera prestado tanta atención a la originalidad de aquella forma de escribir. Confieso que algunos de los relatos se me hicieron tediosos y los continué sólo por reverencia a la persona de Juan Rulfo. Sin embargo, otros, al igual que pasó con el comienzo de Pedro Páramo (del que seguía sin haber leído aún más que unas páginas hacía cosa ya de un año), otros, digo, se me quedaron en la memoria y, desde entonces, cada vez que los recuerdo tengo ganas de volver a leerlos. Recuerdo “Nos han dado la tierra”, “Talpa”, “Macario” y “Luvina” (sobre todo Talpa y Luvina) entre esa lista de preferidos. Ah! y también “El día del Derrumbe” y “Anacleto Morones”, aunque de éstos no recordaba el nombre.

Mi decisión (y dejo ya de aburriros con mis impresiones sobre su lectura) fue que aquel libro debía ser leído por mucha gente. Que merecía ser más conocido. Y como lo había recibido gratis, gratis lo dí. Decidí convertirlo en un libro viajero: Me salté mi norma de no escribir nunca en un libro, escribí en su primera página una maldición para aquel que no regalara aquel ejemplar antes o después de leerlo, puse en la última página el nombre de la alemana que me lo había regalado (Pascale) y el mío propio (Javier) y se lo regalé a aquel compañero de piso del que os he hablado (Gabriel) que, por cierto, es colombiano y le gusta que le digan “Gabo” :).

Fue un acto de generosidad suprema deshacerme por el bien de la humanidad del que en ese momento era mi libro favorito (lo que indica que yo no estaba en mis cabales). Por supuesto, decidí que algún día me compraría un ejemplar para mí y que lo volvería a leer. Pues bien, aunque esta anécdota ya la había contado en este blog, fue hace casi dos años y de forma muy resumida. Aquella vez fue con ocasión de que me acababan de regalar por fin “Pedro Páramo” y me quedé con ganas de contarla con más detalle, como se cuentan las cosas que significan mucho para uno. Esta vez ha sido con ocasión de que por fin, después de más de tres años desde que regalé el libro al colombiano me he comprado mi propio ejemplar de “El llano en llamas” y me lo pienso releer como me prometí y con mucho mucho gusto.

Ha sido en Sevilla, en la misma librería en la que comencé a leer “Pedro Páramo” por primera vez, porque sabía que allí lo tenían de la editorial “Cátedra”. Igual que el que regalé.

Creo que hago mal con estas entradas tan largas llenas de detalles que sólo me interesan a mí, pero mi blog es un blog y no una enciclopedia o, mejor dicho: tenía que hacer esta excepción, no he podido evitarlo. Por lo demás, pienso comenzar pronto otro relato que hace mucho que se me ocurrió (quise terminar antes “Cartas a Sofía” al que, por cierto, he rebautizado con el nombre de “martinete”) e iré dispersando por medio entradas cortas con detalles y opiniones sobre algunos de los relatos de Juan Rulfo que me muero por compartir. Todo, como viene siendo habitual en Avicena13, muy poquito a poco.

Hasta pronto…

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No, no he roto mi propósito de dejar de escribir poemas. Éste que os pongo aquí lo escribí hace casi tres años. Concretamente el 13 de Julio de 2007. Curiosamente es el último de un cuaderno con un par de cientos de páginas escritas con poemas (algunos a medias, otros repetidos con variaciones…) y tras el cual se quedó en blanco el último centenar de páginas. Tiene mucho que ver con el nombre de este blog y hoy, que me mudo de la casa en la que vivo desde hace veinte años, vuelve a ser actual y adquiere otro sentido más. Se llama

mudanza

Ninguno de ellos puede ver las bocas
que pueblan las paredes de esta casa.
No oyen, no, no oyen
el centenar de bocas
que cubre cada palmo
bajo el papel que arrancan
rollo a rollo.

Únicamente yo escucho su estruendo,
la suma de murmullos
que ensordece el cerebro
igual que un rompeolas que agoniza
bufando y escupiendo.
 
Y entonces me preguntan,
pero yo no escuchaba,
y me hablan y me afeitan
las cejas, la cabeza, …
y me desatornillan las orejas
y me sientan
y meten mis dos brazos en dos cajas
y tiran más y más, hasta arrancarlo,
del nudo que apretaba ya mi voz.
 
Arrancan, continúan arrugando
las huellas de mi mano.
No ven que ahí lloré,
no ven dos caras juntas,
temblorosas
ni la silueta que dejó la risa.
No pueden ver la sal
ahogada en mi botella.
Guardan mi corazón junto a mi lengua
“arriba”, “abajo”, “frágil” y repiten:

-“sus tripas, sus arterias,
los poros de su piel,
¿Los quiere o los tiramos?”

Y miro hacia otro lado y les respondo:
-“Los tiran, sí, los tiran…
no sirven para nada”.

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A todos nos fastidia pillarlo (o, mejor dicho, que nos pille), pero es cuestión de tiempo que caigamos. Si te libras en otoño caerás en primavera o, si no, en una de esas noches de verano en las que salta el relente, vas en manga corta y no te das cuenta hasta que ya te has enfriado del todo. Sí, lo digo y lo repito para el que no lo tenga claro: (más…)

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Ocurrió el martes de la semana pasada, cuando salía hacia el trabajo. Hacía buen tiempo, cosa que tal vez intervino en mi buen ánimo y en mi predisposición para atender a las reclamaciones de los que me iba cruzando. Bajaba mi calle hacia la parada del metro y en mi misma acera he visto un hombre que caminaba de frente hacia mí muy tranquilamente y a una señora que lo seguía corriendo y gritándole cosas que no pude oir bien.

Estaba ya pensando si decirle al caballero: “Disculpe, creo que su mujer lo llama”. Pero ella lo ha alcanzado un poco antes de que él llegara hasta mí. He visto con asombro cómo ella lo agarraba por la solapa y empezaba a gritarle. Entonces he empezado a comprender que, quizás, no eran precisamente familiares.

Pensaba “¡Caramba, qué genio gasta aquí la gente!”. Entonces pasé por fin por al lado de ellos y pude oír mejor a la señora. Soltaba frases como: “Que lo he visto, que me devuelva el dinero ya o llamo a la policía”. Todavía he caminado unos pasos dándole vueltas a la frase de la señora (mi candidez y buen ánimo no me han dejado comprenderlo antes) y a los cuatro pasos me he parado en seco y me dado la vuelta hacia ellos al comprender por fin que el hombre le acababa de robar.

Al ver que yo me acercaba, la señora me ha dicho “¿Tiene usted un móvil para llamar a la policía?”. He sacado el móvil y la senhora, sin soltarle al otro la solapa me ha explicado que el hombre le había agarrado la cartera (que ella aún conservaba) y con noséqué artimaña le había sacado nosecuánto.

Yo he mirado al hombre a ver qué decía él. (Tenía mis dudas sobre si la vieja habría perdido el dinero ella solita o algo así, pero sobre todo tenía la batería del móvil vacía). El hombre, por su parte no ha dicho nada. Tan sólo ha puesto cara de asombro como diciendo “¡pero cómo a mí, mira qué sorprendido estoy!”. Y entonces sí que me ha quedado claro (¡cachis!) que la señora decía la verdad.

Así que no me quedaba otra. Amenazando con mi móvil, que estaba más apagado que una cerilla de corcho en un concierto de Nana Mouskouri, le he dicho con un gesto a lo “Maikel Nait”: “No necesitamos problemas, amigo, devuélvale el dinero y puede irse”.

A la segunda vez que se lo he dicho, cuando ya estaba yo dudando si me vería obligado a simular una llamada a una hipotética policía con una batería hipotética o si bien debería salir corriendo dejando a la vieja con dos palmos de narices, el hombre se ha acercado a un coche (muy a duras penas, pues iba en todo momento apencando con la señora, que menuda era, y que no lo soltaba de la solapa ni aunque el otro diera volteretas con tirabuzón). Se ha acercado a un coche, digo, y ha sacado de debajo dos bellísimos billetitos arrugados de cincuenta euros eruropeos cada uno.

El muy tunante los había tirado ahí por si alguien lo registraba, pensando en volver un poquito después a recogerlos cuando el peligro hubiera pasado. Le debe haber chafado el plan el hecho de que que yo no quisiera registrarlo antes de llamar a la poli. jeje.

Bueno, la cosa es que al final se los ha devuelto y se ha largado echando humos a paso ligero. La mujer estaba más contenta que un vendedor de alpiste el día de la mascota. Yo no sé si contento, pero me sentía aliviadísimo. Ligero como una ensalada de espinacas. Ya había hecho mi acción buena del día. Podría haberme vuelto a casita y acostarme otra vez… si hubiera sido un Scout. Como no lo soy, seguí camino del trabajo.

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